Es importante, y debería añadir además, saludable, sobre todo en este tiempo que vivimos de unos años a esta parte, detener nuestro caminar y mirar atrás. No es necesario girarse ciento ochenta grados, ni tan siquiera noventa, bastaría con girar la cabeza sobre cualquiera de nuestros hombros (aunque yo propongo alternarlos), y observar el camino hasta ahora recorrido. Sin temor, sin rencor, sin añoranza, sin tristeza… Se trata de ser conscientes de lo que he hecho hasta ahora y, si acaso, preguntarme sobre lo que quiero hacer en lo que me queda por recorrer. Detenerse para seguir caminando.
Yo lo hago de vez en cuando, si bien es cierto que desde hace unos años cada vez lo hago con más asiduidad. Me detengo, sin prisa, y reflexiono, pero siempre con una sonrisa en los labios. Lo hecho, hecho está y poco o nada puedo hacer para cambiarlo, pero me ayuda a entender hasta dónde he llegado y la forma en la que lo he conseguido y pensar si quiero seguir por un camino similar al hasta ahora recorrido, o corregir rumbo. Y desde luego SIEMPRE agradecerle a la vida el privilegio que me ha concedido al permitir que otros caminos, de otros caminantes, se trenzaran con el mío, aunque solo fuera por un instante. Muchos, aún me acompañan.
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Si te apetece puedes escuchar el poema
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He girado la cabeza
para mirar atrás,
por encima de mi hombro derecho
y observar, una vez más,
el camino hasta ahora recorrido.
Cuánta veces giré ya mi cabeza,
indistintamente,
sobre mi hombro derecho o izquierdo
recordando esa senda que se pierde
en un lejano horizonte
y que bien sé que no he de volver a pisar,
pues no es posible desandar
el camino andado.
No es ni mucho menos
mi pretensión hacerlo
ni tan siquiera intentarlo,
ya que han sido mis decisiones
acertadas o erradas
las que me han traído hasta el lugar
en el que hora me encuentro.
Pero es bueno recordar,
de cuando en cuando,
de dónde vengo,
y los amaneceres y los atardeceres vividos;
la lluvia que tantas veces
ha mojado mi cuerpo;
los fríos inviernos
o las cálidas primaveras;
las soledades vividas
y los tiempos compartidos;
los abrazos abrazados
y los que quedaron por abrazar;
las lágrimas derramadas
de felicidad o tristeza;
o las risas de aquel niño que fue
y que de tarde en tarde me acerca el viento.
Seguiré girando mi cabeza
y miraré atrás
para no olvidar mi nombre
ni el de aquellos que me ayudaron
a llegar hasta donde he llegado;
y seguiré mirando al frente,
sin duda alguna,
para no perderme todo aquello
que aún está por llegar
y que paciente espero.
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