A veces me he preguntado si es el poeta el que busca el poema, o es el poema, según brota, verso a verso, el que sale a buscar al poeta, o la poeta, que quiera escuchar su eco, su latido, su sentimiento y hacerlo suyo. Ya lo he indicado en diferentes entradas y, seguramente, lo seguiré señalando en estradas posteriores. No por mucho decirlo se hace menos necesario, todo lo contrario. Celebremos la poesía con poesía; no dejemos que silencien los versos del poeta; no permitamos que el ruido se interponga entre la mirada de quien entiende la poesía, casi, como una forma de vida. Yo creo que el poeta o la poeta siento el latido constante del verso que palpita contra las paredes de su corazón pidiendo libertad.
En mi caso, siempre escribo mis poemas en papel (ya usado). Dejo que sea la tinta del bolígrafo la que dibuje, con su fino trazo a modo de venas visibles, las palabras trasformadas en sentimientos. Una vez que es mi mirada la que observa el resultado, siento que los versos ya no me pertenecen. Son míos mientras viven bajo mi piel y “ganan” su libertad cuando “corren” libres sobre el papel, presto a encontrar su incierto destino. ¿Dónde llegarán? ¿Quién los tomará como suyos? ¿Cuántos amaneceres iluminarán su soledad hasta encontrar destino? Dejad que la poesía acompañe vuestro camino y ese poema viajero se convierta «en su poema», o quizá «en tu poema».