Las nubes siempre me han parecido mágicas, maravillosas, inalcanzables. Sin embargo, recuerdo la primera vez que volé en avión tuve el privilegio de verlas de cerca, muy de cerca y sobrevolarlas. Descubrí entonces que me había quedado corto en mi apreciación. No en el hecho de ‘inalcanzables’, por una razón obvia, pero sí en lo maravillosamente mágicas que eran, o en lo mágicamente maravillosas que pueden llegar a ser, si entendemos su lenguaje.
Quién no se ha tumbado sobre la tierra y ha mirado el pasar de las nubes, y ha visto…; sí, visto, sus formas mágicas. Su capacidad para cambiar y mostrarnos una nueva imagen tras un instante. Quién no ha jugado a adivinar qué figura se estaba formando. Quién no ha jugado a ‘enviar mensajes’ con las nubes a un amigo o amiga que se encontraba a decenas de kilómetros de distancia; o cientos; o miles…; o que ya había partido. Quién no ha soñado con saltar sobre ellas, mecerse en su calidez, o tan solo tumbarse a dormir.