Dicen que la vida es puro teatro. Habría mucho que decir respecto de esta afirmación, pues la vida no es ninguna broma y el teatro, tampoco. Diferente es cómo nos tomamos una cosa y la otra, sin desmerecer cualquiera de ellas. Sí es cierto, que nuestra vida se asemeja mucho a una tragicomedia en la que la risa y el llanto, la alegría y la tristeza, la vida y la muerte…, se alternan según vamos creciendo; según van transcurriendo los actos, antes de finalizar la representación, en un constante ir y venir de personajes diversos.
Sí deberíamos tener claro, muy claro, que el verdadero protagonista somos cada uno de nosotros. Es por ello, que deberíamos saber que estaremos en el escenario las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año. Nunca abandonaremos las tablas o, por lo menos, no deberíamos hacerlo. No obstante, a veces, algunas veces es interesante hacer un breve mutis y tomar distancia para poder ver, desde el patio de butacas, cómo se ve la función y así poder corregir. Nunca repetir. La escena ya está vivida. Podemos rectificar sabiendo, que será otra escena.