Algunas veces he sentido que perdía la mirada. No la ‘capacidad de ver’; sino la capacidad de observar, de mirar con conocimiento y consciencia aquello que miro. ¿Te ha sucedido alguna vez? Me he sentido caminar sin saber por dónde caminaba, como si la mayoría de las cosas que se movían, estaban quietas o, simplemente, sucedían a mi alrededor, no tuvieran nada que ver conmigo. Si conseguía detener mi caminar, un instante, tan solo un instante y reflexionar, escuchar, abrir de nuevo mi mirada al mundo que me rodea, empezaba a tomar consciencia de todo lo que me estaba perdiendo.
En uno de esos referidos instantes empezaron a fraguarse los versos que ahora comparto. Confieso que, para poder mirar, de nuevo, disfrutando de lo que estaba viendo como si no lo hubiera visto antes, he tenido que desaprender algunas cosas. Bueno, unas cuantas cosas. Desde que nacemos estamos aprendiendo, con cada cosa que hacemos, con cada decisión que tomamos, con el aluvión de información que nos llega, con las normas que marca la sociedad en la que vivimos… Párate. No tengas prisa. La vida es tan infinitamente corta que parece no tener fin. Piensa. Piensa tú sol@. No prestes oídos al ruido de fondo. Solo tú, y tu pensamiento. Ahora mira. Quizá y solo quizá sientas ahora cómo «…tu mirada se despierta, se despereza, se ilusiona…, se enamora de la vida…»