Me confieso enamorado. Muy enamorado de la mujer con la que comparto vida y sueños. Me gusta mirarla, sobre todo cuando no sabe que la estoy mirando. Quiero mirarla sin prisas. Quizá el pasar de los años me ha hecho cambiar esa forma de mirar(la). La miro mientras cocina, mientras lee, mientras plancha, mientras mira la televisión, mientras se viste, mientras se arregla, mientras duerme. Mirarla, siempre, pero no como un «voyeur» (en su connotación negativa) sino dejando que sea mi corazón quien la mira y no mis ojos.
Pero de todas las miradas la que más me gusta, es la que me muestra mi corazón mientras duerme. Mirarla cuando me da la espalda; mirarla cuando me muestra su rostro dormido; mirarla abrazada a la almohada; mirarla mientras su sueño le dibuja una sonrisa en sus labios; mirarla incluso cuando frunce el ceño. Mirarla. Siempre mirarla. Disfrutar, en silencio, de su compañía acurrucándome a su lado, sintiendo el contacto del calor de nuestra piel y escuchar el latido de mi corazón cómo, poco a poco, va acompañando al suyo.