Me confieso enamorado. Muy enamorado de la mujer con la que comparto vida y sueños. Me gusta mirarla, sobre todo cuando no sabe que la estoy mirando. Quiero mirarla sin prisas. Quizá el pasar de los años me ha hecho cambiar esa forma de mirar(la). La miro mientras cocina, mientras lee, mientras plancha, mientras mira la televisión, mientras se viste, mientras se arregla, mientras duerme. Mirarla, siempre, pero no como un «voyeur» (en su connotación negativa) sino dejando que sea mi corazón quien la mira y no mis ojos.
Pero de todas las miradas la que más me gusta, es la que me muestra mi corazón mientras duerme. Mirarla cuando me da la espalda; mirarla cuando me muestra su rostro dormido; mirarla abrazada a la almohada; mirarla mientras su sueño le dibuja una sonrisa en sus labios; mirarla incluso cuando frunce el ceño. Mirarla. Siempre mirarla. Disfrutar, en silencio, de su compañía acurrucándome a su lado, sintiendo el contacto del calor de nuestra piel y escuchar el latido de mi corazón cómo, poco a poco, va acompañando al suyo.
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Si te apetece puedes escuchar el poema
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Me gusta mirarte mientras duermes
e imaginar que sueñas conmigo,
escuchar tu respiración pausada
y sentir el calor de tu piel junto a la mía.
No te despiertes aún, amor,
deja que tus sueños acompañen la noche
y que sean mis manos
las que con el acariciar de tu piel
te haga regresar, sin prisa,
al sentir de nuestros cuerpos
y al dulce sabor de nuestros besos.
Calmar nuestra sed
y apaciguar nuestra hambre
mientras el sueño nos invita
a jugar bajo las sábanas
que cubren nuestros cuerpos.
Despierta ahora, amor,
y comparte ese deseo que te abrasa,
ese que hace que tu corazón se acelere
y con su acelerar acompase al mío
hasta la locura y el desenfreno
de dos cuerpos
que aun conociéndose se extrañan
que aun amándose se reconocen
que aun añorándose se descubren.
Sí, me gusta mirarte mientras duermes.
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😉
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