Ya lo he comentado en numerosas entradas de este lugar de encuentro: la poesía habita en todos los lugares, incluso en los más insospechados, solo hay que saber descubrirla. Para mí, la poesía, es la disciplina que más desnuda el alma del autor o autora que cumplimenta sus versos. Y aunque me gusta escribir otros géneros debo confesar (y confieso) que donde más cómodo me siento es escribiendo esos versos que me laten dentro y que pugnan por salir a «ver la luz». Después serán libres y sé que no me pertenecerán, sus verdaderos dueños serán los lectores y lectoras que los hagan suyos y decidan guardarlos o, quizá, volverles a conceder su libertad. Quedará, siempre, a voluntad de quien los encuentre.
En estos versos que hoy comparto he querido «dibujar» algunos de los objetos, cotidianos, que quedan después de una ruptura; después de un decir: «adiós». En realidad no sabemos en qué momento alguien, en una pareja, empieza a despedirse, pues creo que no surge de repente. En algún momento algo se quiebra, y es cuando esos caminos que marchaban en la misma dirección empiezan a distanciarse, aunque aparentemente parezcan seguir hacia el mismo horizonte. Llega un momento en que pierden su «paralelismo» para convertirse en caminos individuales con rumbos diferentes. Lo que fue deja de ser y los que fueron han dejado de serlo.
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Si te apetece puedes escuchar el poema
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La casa está vacía,
ya no quedan muebles
ni recuerdos;
quizá nosotros partimos antes
de que los muebles abandonaran
cada habitación, cada estancia
de esta casa que fue nuestra.
Dejamos de estar hace tiempo,
mucho tiempo,
este hogar se convirtió en una casa,
solo ladrillos, yeso y pintura
sin latidos de corazones
sin proyectos de futuro
y ni tan siquiera de presente.
¿Hacia dónde partieron los sueños
hacia dónde los recuerdos?
En la cocina una majestuosa isla
rodeada de soledad
un fregadero de piedra pulida
una campana extractora de diseño
una placa de inducción con horno pirolítico;
nada más en un espacio
que se reformó con la ilusión de la juventud
y se alimentó de reuniones y fiestas.
Armarios empotrados y vestidos
en los dormitorios
vacíos de ropas de temporada;
ni mesillas, ni camas, ni espejos
que devuelvan imágenes
pues nada hay que devolver
pues nada hay para reflejar.
No hay aromas conocidos,
tan solo un rancio olor a cerrado
a aire viciado, a falta de ventilación…
a ausencia de vidas vividas.
Nada que me recuerde al tiempo que fue
al tiempo que fuimos
pero que dejamos de serlo
cuando apenas habíamos
iniciado nuestro camino.
¿Qué nos sucedió?
¿Qué descuidamos?
¿Qué nos pasó?
Todo y nada
nada y todo,
tan solo una casa vacía
que ya nada guarda,
tan solo un solitario cartel
en el jardín
que en silencio dice:
“Se vende”.
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