Algunas veces nos puede parecer que nada sucede. Que todo permanece inmóvil mientras nosotr@s avanzamos; que todo está en movimiento mientras nosotr@s permanecemos estáticos, cuando en realidad todo se mueve, tod@s nos movemos por muy extraño que nos parezca. Ahora bien, la vida se mueve a diferentes ritmos y en la mayoría de los casos no está a nuestro alcance su control. Y aun así, eso es bueno. Muy bueno. Que nadie controle el «tempo» con el que se mueve la vida.
Esa inmovilidad o ese movimiento, desde la mirada inocente de un niño o de una niña, debe de ser alucinante. La observación. La quietud. El descubrimiento. Hechos que irán conformando su personalidad y, quizás, su futuro. Preguntas, reflexiones y dudas que nacen cuando su mirada le muestra lo que empieza a formar parte de su mundo. Cuando considero que el mundo, mi mundo, viaja a una velocidad que no puedo seguirle, recuerdo «mi ventana», me detengo un instante, y miro, mientras permanezco inmóvil.
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Si te apetece puedes escuchar el poema
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Aún no ha cumplido los seis años
y ha decidido sentarse frente a la ventana
de su habitación, de niña,
y mirar a través de los cristales
lo que ese mágico rectángulo le ofrece.
Casi se ha hecho el silencio,
tan solo un «tic-tac» de su reloj de Mini
se ha atrevido a invadir aquel instante;
no parpadea
respira pausado
balancea sus piernas que aún no alcanzan el suelo
mientras sus manos reposan sobre su regazo.
El sol juega a esconder su luz
el viento vuela libre por doquier
la vida se mueve entre las calles
y los edificios acogen a sus moradores sin preguntar.
¿Qué haces aquí tan sola y callada?
Pregunta su madre desde la puerta.
Mirar.
¿Y qué miras?
Las nubes.
¿Las nubes?
Las formas que tienen
y cómo caminan bajo el cielo
también miro cómo se mueven
las ramas de los árboles
y miro la gente que pasa de un lado a otro
y los coches y los autobuses y las motos…
¿Y qué piensas?
Que todo se mueve
mientras yo estoy aquí
quieta,
mirando.
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