No todos los amaneceres son iguales, afortunadamente. Nada se repite, aunque nos lo parezca. No hay dos lunes iguales, ni dos jueves, ni dos domingos, ni dos días. No hay dos primaveras iguales, ni dos otoños, ni dos veranos, ni dos estaciones. No hay dos eneros iguales, ni dos junios, ni dos septiembres, ni dos meses. Cada instante es único e irrepetible. Y como tal, mi amanecer en el día de hoy ha sido muy distinto a otros ya vividos. Pero eso no significa que sea bueno malo. Sencillamente ha sido diferente.
Siempre, al despertar, agradezco a la vida la nueva oportunidad que me da para ser mejor de lo que fui el día anterior. Sin embargo, este amanecer, mi cielo ha despertado plagado de nubes grises. Pero no esas nubes grises que amenazan con descargar una fuerte tormenta, ni tan siquiera pequeña. Me refiero a ese tono suave que invita al recuerdo, al reencuentro con lo perdido (que no olvidado) y que guardamos en ese lugar especial de nuestro corazón en el que atesoramos lo verdaderamente importante, y que siempre nos acompañará, hasta el final del camino.