El pasado viernes falleció mi cuñado. Ninguno lo esperábamos. Se llamaba Julio y tenía 64 años. Un infarto fulminante, señaló el médico que certificó su defunción. Ver el dolor en su mujer, en su hijo, en su hija, en sus hermanos, en su hermana… Ver el desgarro de la pérdida, del dolor irremediable, sentir esa garra invisible que aprieta tu corazón hasta que el dolor del vacío dejado muestra su rostro, y el dolor físico aparece y parece que no hay aire a tu alrededor que te permita respirar, al menos una vez más. La vida regala, no tengo duda alguna; como no tengo duda alguna en que la muerte forma parte de la vida y que empezamos a acercarnos a ese final desde el mismo instante que llegamos. Es algo que no deberíamos olvidar y tenerlo presente más veces de lo que, la mayoría, lo hacemos.
No sé si la muerte es el final; no sé si la muerte es el principio. Lo que sí sé es que la muerte duele, siempre. Si bien, cuando su “visita” es inesperada, ese dolor se acentúa y consideras injusta su presencia, y te abordan y asaltan infinidad de preguntas vacías de respuestas, o cargadas de respuestas que no tienen sentido o, simplemente, no aceptas, pues el dolor es tuyo y parte de las raíces más profundas de tu ser. Ha muerto mi cuñado, como lo haré yo llegado mi tiempo (espero que tarde), como lo hará el resto de los mortales. Mientras tanto, seguiré escribiendo poesía; siempre mi consuelo.