No me cansaré de decirlo una y otra vez. No me importa si con ello me repito una y otra vez. No me importa si al pronunciarlo estoy pronunciando la mayor de las obviedades. «Nací de una mujer, viví en su interior nueve meses y soy un hombre». Creo que lo menos importante es que sea un hombre. Y estoy seguro de que lo más importante es el tiempo que compartí con esa mujer. Mi madre. Ella me dio de forma incondicional todo el amor que en aquel momento la acompañaba. No nací en un hospital. Nací en una casa. A su lado. Y junto a ella empezó mi vida «en este lugar».
En otros poemas he hablado de mi madre. Del amor que regalaba a su marido, hijos, hijas y personas que compartieron su vida. Nunca será suficiente para reconocer y agradecer que me diera la vida y me enseñase tantas y tantas cosas. Tantos viajes. Tantos escenarios. Tantos personajes. Tantas experiencias. Tantas risas. Tantos llantos. Tantos sueños… Un verdadero privilegio haber conocido a un Ser excepcional. A una persona excepcional. A una mujer que siempre formará parte de lo que soy.