Cuando somos pequeños nos cuentan cuentos. Crecemos escuchando los cuentos que nos cuentan nuestros mayores, con independencia de que seamos un niño o una niña. Dicen los expertos que es bueno para cultivar nuestra imaginación. A los chicos nos hablan de princesas que están en castillos raptadas por seres abominables y despreciables y que necesitan ser salvadas por un caballero. A las chicas les hablan de príncipes azules que las salvarán de todos los males que las acechen, se casarán con ellos y serán felices comiendo perdices.
Nos lo vamos creyendo. Nosotros y ellas. Pero en ningún momento nos dicen que eso eran cuentos y que estaban muy lejos de la realidad. Que la vida es otra cosa. Que no hay mujeres a las que salvar ni dragones a los que vencer. Que las mujeres no necesitan ser salvadas, y menos por un príncipe azul. Que las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres. Que no han nacido para atender y servir al hombre (bien sea padre, hermano o marido). Que las mujeres deciden igual que deciden los hombres. En igualdad de oportunidades. Que los hombres no están por encima de las mujeres.