Cada vez me cuesta más mirar o escuchar las noticias. No sé si a ti te pasará igual. Y ahora se acercan unas fechas, para creyentes o no creyentes; seguidores o detractores de estos días, en el que debería reinar la paz y la armonía. Tendría que ser durante todo el año, pero al menos por unos días pudiera considerarse, ¿y por qué no estos? ¿Qué más da? Pues ni eso. Insultos, guerras, mentiras, asesinatos, vejaciones, insolidaridad. Incluso en las familias hay desavenencias ‘insalvables’. ¿Cuándo dejamos de ser seres humanos para convertirnos en lo que somos? Confieso que estoy triste y enfadado. Sí, triste y enfadado. Enfadado por la manipulación de medios, instituciones y personas. Y triste, porque nos dejamos llevar por esa corriente putrefacta y maloliente que todo lo inunda.
Cuántas preguntas sin respuesta se agolpan en mi cabeza. Mandatarios (no países) que vetan resoluciones que están fuera de toda razón. Mandatarios (no países) que apoyan asesinatos sin tan siquiera ruborizarse. Intereses de unos pocos que están por encima de la mayoría, esa mayoría que siempre ha de sufrir y que es necesaria para que los ricos sean más ricos y los poderosos más poderosos. No quiero silenciar mi voz. No quiero callar, aunque me repugne lo que veo y escucho. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde? Permíteme que comparta estos versos porque no quiero que se queden dentro, quiero lanzarlos al viento para que puedan ser recogidos por aquellas y aquellos que quieran leerlos. Que quieran compartirlos.