Seguro que si te pregunto cuántos amaneceres has visto en tu vida, no vas a saber la respuesta exacta. No te preocupes, yo tampoco. No sé si alguien los irá contando, porque de todo hay en este lugar al que llamamos mundo. Lo que sí te puedo asegurar, es que de un tiempo a esta parte sois consciente de cada amanecer. Me levanto y miro al horizonte. Hay veces que aún la noche transita por las calles y el horizonte permanece oscuro. Sin embargo, otras veces cuando dirijo mi mirada al este (es la orientación de mi casa), siento cómo me saludo un cielo anaranjado que se despereza con todas las ganas, con todas las fuerzas para brindarme (brindarnos) un nuevo día para ser feliz.
Sé que nuestra forma de vida, en general, no permite pararnos y mirar; pararnos y observar; pararnos y respirar; pararnos y sentir… Es una pena, porque considero que no le dedicamos el tiempo preciso a lo que verdaderamente es importante. No somos conscientes de lo que guardamos en cada latido de nuestro corazón. Cada latido es un impulso más que nos une a la vida, en el que se guarda un instante tan pequeño que es capaz de llenar un Universo. Escucho el latido de mi corazón y te siento; y te recuerdo; y te sonrío, aunque no puedas verme. En estos versos he prestado mi voz a una niña que le hace una propuesta a la noche, esa noche que la abraza cuando anochece la tarde.