No sabría decir cuál de las cuatro estaciones es más proclive para la poesía. Seguramente lo determine, con mayor detalle, la actitud personal o el estado de ánimo de quien escribe los versos. Yo creo que la mirada del poeta o de la poetisa está constantemente observando su entorno, en esa búsqueda interminable del que sabe que la poesía brota en cualquier lugar. También busca en sus sueños y pesadillas; en su experiencia, vivida o por vivir; en los sonidos que propone la Naturaleza o la sociedad; en las miradas de otras almas; en los caminos solitarios y en las calles preñadas de vida…No hay descanso para el «alma» del poeta. Y no lo digo como una queja o como algo negativo. Lo señalo, sencillamente, porque los versos que «llaman a su puerta» están deseosos por salir y el (o ella) es el guardián que permitirá su libertad.
En este domingo de otoño, en el que la lluvia nos visita —al menos procedente de los cielos bajo los que vivo—, he querido dibujar unos versos. Versos de un otoño cualquiera en un año cualquiera, pues la poesía no entiende de tiempos, porque no entiende de prisas. La poesía camina a la velocidad de quien la descubre y la lee; a la velocidad de quien sabe disfrutar de ella; a la velocidad de quien decide recorrer cada verso descubriendo lo desconocido. La lluvia de otoño acerca reflexiones a nuestros cristales, a veces cubiertos de una caprichosas gotas que parecen distorsionar lo que vemos, sin embargo esa realidad está ahí, al otro lado del cristal esperando con extraordinaria nitidez que salgamos a su encuentro.
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Si te apetece puedes escuchar el poema
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Lloran en silencio
los cristales de mi ventana
distorsionando una realidad
existente;
una realidad que se difumina
en este otoño empeñado
en acompañar mi soledad.
Solo el repiqueteo de unas gotas
acompañan el silencio
en el que nace la palabra;
esa que casi todo define
esa que, a veces, es manipulada
esa que hacen suya los mentirosos
esa que se rebela ante el engaño
volviéndose contra el que odia
al que considera diferente.
Lloran en silencio
los cristales de mi ventana
ahogando cada verso
antes de manar por mi garganta,
versos que nacieron de mis sueños
y mis pesadillas
buscando la libertad del viento.
No sé si es la tempestad
la que precede a la calma,
o es la calma
la que precede a la tempestad;
nunca supe la verdad
de quien llega primero
y de quien lo hace después.
A veces el orden importa
a veces no importa el orden
pues antes o después
habrá calma
pues antes o después
tempestad.
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