Estos días he escuchado mucho hablar de la soledad, en especial de las «personas mayores». Yo creo que en esta sociedad que estamos viviendo y creando cada vez nos sentimos más solos. Incluso aunque tengamos familia, amigos, vecinos, conocidos…, pero da la impresión de que cada uno «va a lo suyo», sin tiempo para dedicarle (o dedicarse a uno mismo) unos minutos para la conversación y el encuentro. Y ya no voy a hablar de escribir «algo» para la «otra persona». No me estoy refiriendo por WhatsApp o por alguna Red Social. Quiero decir, pararse; sentarse frente a un papel y un bolígrafo o lapicero; escribir «una carta» a un amigo o amiga, dedicándole tu tiempo solo para él o para ella; ponerla en un sobre donde escribir su nombre y dirección y enviársela, después de ponerle un sello ¿Te acuerdas de lo que es escribir una carta? ¿Hace cuánto que no lo haces? ¿Lo has hecho alguna vez?
Confieso que me gustaría hacerlo más veces. Qué importantes son las cartas que enviamos. Qué alegría para quien las recibe. Que satisfacción para quien las manda. Guardarlas como si fueran un tesoro (pues en realidad lo son). El emisor o la emisora han regalado su tiempo a la persona en la que pensaban cuando escribían. ¿Hay mayor regalo que el tiempo que tenemos? Intento «suplir», de alguna manera, esa falta de misivas con los poemas que escribo cada día pensando en quien pueda encontrarlos y leerlos. Hablo de sensaciones; de vida o vidas; de lo que sueño; de lo que pienso; de lo que río; de lo que amo; de lo que lloro; de lo que me alegra o entristece; de ti y de de mí y de nosotr@s, también de vosotr@s, también de ell@s. Hablo, de la vida, entre los versos y silencios de mis poemas.
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Si te apetece puedes escuchar el poema
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Esta mañana la he vuelto a ver
sentada en ese banco del parque
que paciente aguarda junto al camino
que lleva hasta el estanque artificial
donde diferentes aves descansan su volar.
También la vi ayer
desde el mirador de mi salón
donde me siento a pensar y a escribir,
en ese mismo banco
en la misma posición
y con la mirada perdida
quizá en algún recuerdo
quizá en algún olvido.
A su lado, inseparable,
un carro de la compra
de cuadros escoceses rojos y negros
sobre el que apoya sus ajadas manos;
ya han vivido muchos veranos
y también muchos inviernos,
le calculo que más de ochenta.
Pasa una hora
después otra…
y allí continúa,
supongo que en silencio
pues mi mirada, desde la distancia,
no alcanza a percibir ese detalle.
Una chica joven
con mallas negras y zapatillas rosas
pasa corriendo junto a ella,
observo que lleva unos cascos
quizá escuchando música;
no se prestan atención,
cada una con sus pensamientos
cada una con su vida,
igual cada mañana.
Todos los días
a la misma hora
todos los días
en el mismo lugar
todos los días
la misma mirada
todos los días
preguntas sin respuestas.
Mañana bajaré a su encuentro;
sí, mañana desdudaré mis dudas
mañana conoceré su nombre
mañana sabré más de ella
mañana…
¿Y por qué esperar a mañana?
¿Y si mañana fuera ya tarde?
No esperaré a la mañana de mañana
terminaré este poema
cerraré mi inseparable libreta
y bajaré a su encuentro.
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