Qué quietud la de este amanecer. Me he levantado, como cada mañana, por el lado izquierdo de mi cama. He descorrido las cortinas, subido las persianas y abierto la ventana de par en par. He sentido el saludo de esta templada mañana de primavera, huérfana de viento, y he descubierto un cielo jalonado de amenazantes nubes grises. No tengo duda alguna: va a llover. No es ni bueno ni malo, simplemente es una constatación de la «locura» de esta colorida estación.
Las nubes parecen pintadas. Aparentemente inmóviles. El cielo se me antoja un lienzo pintado con delicadeza y con trazos firmes, con diferentes tonos grises, blancos y azulados que le conforman una belleza simpar y que solo pueden ser producto de la magia que la Naturaleza sabe expresar. El paisaje invita al paseo y no pienso demorarme. Saldré a su encuentro. Al encuentro de la lluvia y del viento, de las nubes y del azul del cielo, y de ese sol que, si quiere, volverá para nuestro encuentro.