Reconocerse frente al espejo también es poesía

logoAlgunas veces me gusta pararme frente al espejo y mirarme. Mirar mi rostro. Reconocerme. Ver si aún habita en mí aquel muchacho soñador enamorado de la vida. Y puedo aseguraros que ‘le encuentro’. Por eso me gusta mirar la mirada que el espejo me devuelve y jugar al juego inverso que nos regala la imagen reflejada. Cuánto tiempo hemos pasado juntos. Cuántas experiencias compartidas. Cuántos silencios. Cuántas palabras. Cuántas alegrías. Cuántas despedidas. Cuántas llegadas… Cuánta vida vivida.

Recuerdo con catorce o quince años cuando tenía que representar un personaje de una ‘persona mayor’ en el escenario, arrugaba la frente para pintarme las arrugas que por naturaleza se forman al fruncir el ceño; las que se marcan junto a los ojos; las de las comisuras de los labios… Pintarme el pelo con barra blanca, a trazos, para simular unas canas. Todo ello para aparentar ‘ser mayor’. Ahora no me haría falta caracterización alguna. Ya soy mayor.

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