Hay amaneceres en los que la luz alcanza los cuatro puntos cardinales, y hay amaneceres que, aun así, sientes como ‘algo’ ensombrece esa luz. Pero si te asomas al alfeizar de tu ventana, puede que no veas nubes, puede que no percibas nada, pero sientes que ‘algo’ sucede, o está por suceder. Hoy domingo, 6 de febrero, despertó el día como lo hace muchas mañanas, sin embargo, guardaba una noticia que no esperaba escuchar. Cuánto duele la ausencia inesperada. Cuánto duele la ausencia.
No volveremos a saludarnos, ni a darnos un abrazo. No volveremos a conversar sobre tantas y tantas cosas. «Mis saludos a un hombre solo», me decías en ocasiones, cuando coincidíamos en algún evento, haciendo un guiño a la película dirigida por Ray Milland. Cuántos recuerdos. Cuánto dolor por la ausencia ¿Por qué? Quizá la pregunta no tenga mucho sentido, pero me nace en los labios y necesito pronunciarla. Cuánto me enseñaste. Cuánto me quedaba por aprender. Cuánto te voy a extrañar.