No sé si habéis reparado alguna vez, con detalle, en ese astro brillante que nos observa cada noche desde cielos preñados de estrellas, incluso en ocasiones nos observa una vez amanecido el día. Siempre ahí, sobre nuestras cabezas. Observando, en silencio, lo que hacemos y pensamos; lo que soñamos y añoramos; lo que decimos y callamos. A mí su presencia me reconforta. Le hablo muchas noches y muchos días. La encuentro mágica, hipnótica y sensual. Quizá su influjo me afecta más que a otras personas, o quizá sea yo el que se deja influir por ella. Se ha escrito mucho sobre la luna a través de la historia, bien en novelas, estudios, canciones o poemas. Se han hecho cientos de películas (tal vez miles) para la pequeña y gran pantalla.
Yo, en este domingo de octubre, he querido dejar unos versos dedicados a ella. La compañía que me hace; la cercanía que siento de ella; cómo la extraño; su magia… Incluso cuando está en fase de Luna Nueva, está sobre nuestras cabezas, cuidándonos. Puede que no la veamos, puede que parezca que nos ha abandonado, que ha partido hacia otras latitudes, sin embargo, está ahí. A nuestro lado. Es cierto que en otras horas del día (o de la noche) visita otras latitudes, todas y todos tiene derecho a un «trocito de luna», pero no quiero que acelere su partida, pues hay luna «para todos y todas», es solo cuestión de paciencia que la veamos llegar a nuestro lado, mientras eso acontece, dejaré mis versos.