No sé por qué esta mañana amanecí con ‘alma de soneto’. A veces hay en mi mente un puñado de versos que alborotados pugnan por salir. Todos juntos. Todos a la vez. Sin orden ni concierto alguno. Y es en ese momento, en ese preciso momento cuando les impido, conscientemente, que broten a su antojo. ¡Sería un verdadero despropósito! Te imaginas dejarles libres y que cada uno campe a sus anchas por hojas de papel reciclado (o en blanco), sin rumbo y sin destino, o como si nadie los hubiera escrito. ¡Qué horror! O tal vez no. Tal vez eso fuera un acertado acierto.
En cualquier caso, me he propuesto dibujar con palabras un soneto, y voy a intentarlo. Las palabras dibujan en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestra alma, o donde quieran dibujar, la palabra hecha imagen; pues gracias a la palabra somos capaces de ver y sentir lo que en el poema late. Si eso se consigue, bien por el poeta o la poetisa. Si eso no se alcanza, la poetisa o el poeta deberán poner más empeño y tomar una buena paleta de colores (o solo blancos y negros, para construir grises), con los que pintar y dar forma a sus versos que están por llegar.